meditación

¡Qué bonito es el sábado!

Si hacemos una encuesta y preguntamos cuál es el día favorito de la semana, nos encontraremos con multitud de respuestas posibles.

Sin comentarios para el lunes, creo que tendría el mismo resultado que el partido de los trabajadores de España (aseguro que existe), en mi colegio electoral, un voto y por error. El martes, porque ya ha pasado el lunes. El miércoles, puesto que ya estamos a la mitad de la semana laboral y “esto va de capa caída”. El jueves, sobre todo si eres universitario porque ahora resulta que su fin de semana comienza en jueves.  El viernes, ya que es el preludio del fin de semana. El sábado, porque no hay que madrugar. El domingo, por la misma razón que el sábado.

En mi opinión, todos los días de la semana tienen su encanto:

  • El lunes es encantador, sobre todo si forma parte de un puente.
  • El martes ya estás embalado, así que lo pasas de puntillas.
  • El miércoles, ¿qué decir del miércoles?. ¡Si casi nadie le pone la tilde porque no parece esdrújula.
  • El jueves, ya el mismo nombre lo dice JUEVES, o te animas o mueres.
  • San viernes es perfecto y mucho más si coincide con Santa nómina.
  • Sábado, otro esdrújulo, pero mucho más agradable. Es de las tradiciones que nos han dejado los judíos: no hacer nada durante el Sabbath, aunque para ellos es el domingo.
  • El domingo, bueno el domingo se queda en nada ya que al mediodía ya empiezo a pensar en que el día siguiente es el encantador lunes y se me amarga el semblante.

Después de esta sarta de tonterías, propias de alguien que tiene trabajo, me gustaría disculparme con aquellos que, por su situación laboral, se encuentran con un “domingo” todos los días, pero con las preocupaciones propias del resto de los días de la semana. Tienen todo mi apoyo. ¡Prometo no volver a quejarme de ningún día de la semana.

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Concomitancias

“Todavía hay clases”, parece que solía decir el padre de la Duquesa de Alba. Reflexionemos un poco sobre esta afirmación.

Si la digo yo, como profesora, se trata de la constación del doloroso hecho de que aún me queda parte de mi jornada laboral por cumplir. He de reconocer que, por una vez, mis alumnos y yo compartimos el pesar de tener que permanecer en el edificio.

Si se la dice un ministro a un ciudadano, es una desfachatez imperdonable en estos tiempos de gloriosa democracia. Los medios de comunicación se harían eco de la noticia haciendo caer sobre el político en cuestión todo el peso de sus plumas, ordenadores, micrófonos, teletipos y demás artilugios propios de su profesión.

Si se la dice el Rey a cualquier ciudadano, sería, entonces, un ladrillo más en la construcción de la república; ERC se debatiría entre pedir la cabeza del monarca o agradecerle gesto en un comunicado oficial del partido.

Sin embargo, parece que si la dijo (si es que fue así) el padre de la Duquesa de Alba para menospreciar a los dirigentes franquistas del momento, se trata, entonces, de un gallardo enfrentamiento al poder establecido.

¿Por qué estas disquisiciones? Bien, simplemente, porque creo firmemente en que en cuestiones de comunicación no existe la verdad absoluta; todo depende de la situación del emisor y el receptor (y otros muchos elementos de la comunicación). Quizá por eso no merezca mucho la pena enzarzarse en discusiones inútiles sobre la verdad y la mentira. La única verdad absoluta es la muerte y, aún así no nos ponemos de acuerdo en cómo es y en qué consiste. ¡Carpe diem!

Cuento (no precisamente infantil)

Me he propuesto escribir todos los días algunas líneas. Si a alguien le molesta que le eche la culpa a Sonia y, en caso contrario, que se lo agradezca a ella, también. ¡Va por ti! Espero que te rías un poco y vuelvas pronto.

Érase una vez un profesor que había estudiado durante varios años para serlo. Repito, un profesor, no un maestro. Vamos a suponer que dicho profesor responde al nombre de Pedro, en aras de la economía del lenguaje.

Pedro había estudiado mucho, mucho. Lo que no quiere decir que hubiera asimilado todo, todo. En ocasiones, el estudio le sirvió para comprender un poco el mundo que le rodeaba, pero en otras, sólo le permitió reafirmarse en la idea de que se había esforzado más que nadie y, en su terreno, sabía más que nadie (Cuando digo nadie, me refiero a ninguna persona en el mundo).

Pedro vivía y trabajaba entre personas que, desde su punto de vista, tenían derecho a la vida, pero no a opinar. “¡Cómo se atreven a opinar de lo que no saben! Si no han estudiado tanto como yo; si ni siquiera me entienden cuando empleo términos propios de mi carrera. ¡Cuánta incultura!“, se decía para sí y, lo que es peor, repetía en ocasiones en voz alta en las reuniones de profesores.

Hete aquí que una vez se encontró en una situación en la que no sabía qué hacer. Tuvo un pequeño percance con el coche y no le quedó más remedio que tratar con un mecánico que sólo sabía de mecánica; no era un alma renacentista como la suya, ¡qué pena tener que tratar con un ser inferior!

Se acercó al mecánico y le espetó: “Necesito tu ayuda” (por supuesto, no le trató de usted, de todos es sabido que los seres inferiores a Pedro no merecen ese tratamiento, tienen suerte de que éste les dirija la palabra). Esta es la transcripción de su conversación:

PEDRO: Necesito tu ayuda

MECÁNICO: Usted dirá.

PEDRO: Un conductor tuvo la desfachatez de chocar con mi vehículo y, además de dejarme a mí (¡a mí!) hecho unos zorros, convirtió mi coche en la lata lista para el reciclaje que aquí tengo.

MECÁNICO: Ya veo. Parece que el golpe fue frontal. Si me permite la pregunta, ¿a qué velocidad iba usted?

PEDRO: Te la permito porque hoy me he levantado dolorido, pero condescendiente. ¡No te acostumbres! Yo circulaba a 100 km/hora por una avenida de Zaragoza.

MECÁNICO: Entiendo. ¿Y el otro vehículo?

PEDRO: El otro conductor estaba estacionado en un lateral de la avenida. ¡Será memo!

El mecánico, viendo, perdón, intuyendo que su cliente era una persona que nunca reconocía su parte de culpa, meditó unos instantes antes de continuar. (Digo intuyendo, porque como ya he comentado antes, se trataba de un ser humano que sólo sabía de mecánica, ni siquiera había estudiado magisterio ni una carrera superior; eso sí, hacía unos exquisitos encajes de bolillos)

MECÁNICO: Bien, ¿se ha puesto en contacto con el seguro?

PEDRO: Por supuesto, pero me dicen que el coche es siniestro total y la culpa es mía. ¿Puedes creerlo? ¡Los coches son para circular, no para estacionarlos en mi camino!

MECÁNICO: Siendo así, veremos qué podemos hacer por usted. ¡Marcos, ven aquí, por favor!

Aquí interviene un personaje que a Pedro le sonaba pero no era capaz de recordar de qué. ¡Había conocido a tantos chavales a lo largo de su amplia historia profesional!

MARCOS: ¿Sí?

MECÁNICO: Coge la grúa y llévate este “último modelo” al taller de dentro. Allí, le empiezas a revisar la admisión, intentas desenredar el árbol de levas, colocas los balancines, pruebas la bancada, cierras la barra de cremallera; con el móvil cargas la batería, cuando la encuentres; y suprimes el acceso al bendix. Parece que la bovina del señor se ha quedado un poco homófona.

PEDRO: ¿Vas a dejar mi vehículo en manos de un aprendiz?

MECÁNICO: Ahí donde lo ve, Marcos es un erudito en filosofía, ha estudiado económicas y es doctor en pedagogía, hizo la tesis sobre “La influencia de los profesores en la adolescencia”. En estos momentos está terminando mecánica, así que su coche está en las mejores manos.

Pedro dio un respingo. ¡Un aprendiz de mecánica que tenía más estudios que él! ¿Cómo era eso posible?

PEDRO (con cierta desazón): De acuerdo. Avísame cuando tengas el presupuesto.

Marcos y su jefe se quedaron a solas con el amasijo de hierros que Pedro llamaba “su coche”.

MARCOS: Jefe, ¿seguro que quiere que haga todo lo que me ha dicho? En las condiciones que está automóvil, es imposible hacer nada.

MECÁNICO: Ya lo sé, Marcos. Vas a hacer lo siguiente: 

  1. Vas a quitarme de en medio esta chatarra, de ahí lo de la grúa.
  2. Revisarás los papeles de admisión, ya sabes, foto del estado del coche, papeles del seguro, impuesto de circulación, etc.  
  3. Te sientas bajo el árbol, ya sabes el que llamamos “árbol de levas” e intentas recordar de qué conoces a nuestro cliente. Si te aburres mucho, puedes construir un balancín en una de las ramas del árbol.
  4. Una vez terminados los tres puntos anteriores. Siéntate en la bancada que hay en la parte sombreada del jardín. Cierra la cremallera, es decir, la boca y comprueba la batería de tu móvil, porque lo tienes apagado o fuera de cobertura.
  5. Dedícate a repasar para exámen de mañana. Y no te preocupes del bendix y la bovina del cliente. ¡Para “bobino”, él!

Marcos se quedó helado. La parrafada del mecánico cobraba sentido. “De acuerdo, papá“, respondió y se dispuso a seguir las detalladas indicaciones de su padre.

La mirada del mecánico tenía un brillo especial, recordaba unos hechos que tuvieron lugar hace un tiempo, cuando Marcos contaba con catorce años.

Su hijo era un muchacho muy especial, sobre todo para él. Por diversas circunstancias que no vienen al caso lo había criado prácticamente sólo, en un país extraño; habían dejado su país natal, Marruecos por discrepancias económicas con la situación marroquí (es decir, para sobrevivir). Marcos se llamaba, en realidad, Mohamed. Y había conseguido aprender español a pesar de algunos profesores.

Como Marcos, por aquel entonces, ni entendía lo que oía, ni comprendía por qué no estaba en su país, estaba enfadado con el mundo y lo demostraba despreciando a España y a los españoles (esto es sólo un accidente, porque también despreciaba a los chinos, rumanos, ecuatorianos y, hasta a los catalanes). Pero al que más despreciaba era a su padre que le obligaba a vivir en un lugar totalmente hostil y desconocido.

Todo esto se traducía en un comportamiento totalmente insufrible en el colegio. Todo eran quejas, problemas, enfrentamientos. En un momento dado, el padre de Mohamed fue convocado al colegio por el enésimo problema de disciplina. Allí, le recibió Pedro, nuestro Pedro.

Pedro le comunicó que el comportamiento de Mohamed era totalmente disruptivo y que presentaba algún tipo de retraso intelectual que le impedía relacionarse con otros seres humanos. Entre otras cosas, Pedro le dijo que jamás sería capaz de alcanzar los mínimos curriculares de la etapa en la que se encontraba y que carecía de toda voluntad de trabajo. Además no tenía ninguna empatía. Con el tiempo, quizá conseguiría aprender el español suficiente para trabajar de estibador.

El afligido padre de Mohamed no entendía del todo la jerga de Pedro, pero intuyó que le estaban diciendo que su hijo, además de extranjero, era tonto. Dos de las peores lacras en la sociedad actual. Pero no sabía el suficiente español como para defender a su hijo (en esta situación, lo mismo les pasa a muchos padres españoles). En resumidas cuentas, expulsaron a Mohamed y se lavaron las manos.

Pasados unos días, nuestro mecánico empezó a elaborar un plan, un plan de supervivencia. Primero, tanto él como su hijo, acudirían a clases de español en un centro para adultos. A continuación, a ojos y oídos de los españoles, cambiarían sus nombres: Mohamed sería Marcos y su padre se convertiría en Mecánico. Ambos trabajarían codo con codo para conseguir desmentir la opinión que de ellos tenía la gente como Pedro. Y así lo hicieron. Como eran buenos trabajadores y tenían una meta común, fueron consiguiendo sus objetivos. Mecánico consiguió abrir un taller al que puso como nombre “Mecánico” (costumbre muy extendida esta, la de poner el nombre de uno a su negocio) y Marcos, amén de ayudar a su padre, fue aprendiendo poco a poco español, hizo el acceso a la universidad para mayores: estudió filosofía (por gusto personal), económicas (para intentar entender, entre otras cosas, entender por qué tuvo que abandonar Marruecos), pedagogía (pues ni él ni su padre entendían todavía por qué Pedro le había sentenciado a la estulticia) y, por último, mecánica (por un lado para ayudar a su padre y por otro, porque en realidad era lo que le gustaba).

Cuando padre e hijo recordaron por fin su anterior relación con Pedro, decidieron convocar a éste para darle su presupuesto. Era el siguiente:

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PRESUPUESTO

  1. Mano de obra: 0 euros
  2. Revisión y puesta a punto del buje: 0 euros
  3. Limpieza de camisas: 0 euros
  4. Ajuste del cardan: 0 euros
  5. Gastos de carrera: 0 euros
  6. Retoque de cojinetes: 0 euros
  7. Cambio del damper: 0 euros
  8. Sujeción del eje primario y el eje secundario: 0 euros
  9. Ferodos de última generación: 0 euros
  10. Reversión del gicler: 0 euros
  11. P.M.I. y P.M.S.: 0 euros
  12. Puesta a punto del ruptor: 0 euros
  13. Ver la cara que está poniendo al leer  este presupuesto: ¡No tiene precio, don Pedro!

Firmado: Mohamed B. y su padre

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Nuestro Pedro no sabía dónde meterse, así que tragó saliva, miró a su alrededor para asegurarse de que nadie más se encontraba en el taller y, dejando allí la chatarra que había considerado su coche, salió del local todo lo deprisa que le permitían sus piernas. Por la velocidad de crucero que llevaba, no sólo abandonó el coche, sino también su dignidad.

Moralejas, proverbios y citas

Generales:

Los que renuncian son más numerosos que los que fracasan“. Henry Ford.

Dijo el perro al hueso: Si tú estás duro, yo tengo tiempo. Anónimo.

La capacidad de adaptación del ser humano es casi infinita, con esfuerzo, comprensión y un poco de suerte se puede conseguir cualquier cosa” (cosecha propia)

El lenguaje es poder, di las cosas con términos que no se entiendan y muchos creerán que eres inteligente. Entérate de lo que significan y el inteligente serás tú” (cosecha propia)

Lo único que no tiene solución es la muerte” (sentido común)

Para Pedro:

“Si no fuera por mí, Mohamed no habría conseguido nada” (Aunque no entiendo por qué salió corriendo del taller, si eso es lo que opina; debería haberse quedado a recibir la gratitud de Mohamed y su padre, ¿no?). Esta moraleja tiene relación directa con el siguiente refrán: “No se consuela el que no quiere”

Disculpas

En primer lugar quiero pedir disculpas al gremio de mecánicos, si alguno de sus miembros se ha sentido ofendido por este pequeño cuento. Puedo asegurar que no era esa mi intención.

Después, también quiero disculparme con todos mis colegas profesores que puedan sentirse aludidos por algunas de las opiniones aquí vertidas. Es un simple divertimento. Perdonadme, si podéis.

En tercer lugar, aunque no por ello, menos importante. Pido indulgencia a todos aquellos seres humanos que en algún momento han asistido a alguna de mis clases: Nunca he querido comportarme como Pedro, pero seguramente lo he hecho en más de una ocasión. Perdonad, por favor, a esta “profe” que jamás quiso ofenderos.

Agradecimientos

Diccionario de la RAE: http://buscon.rae.es/draeI/

Diccionario de términos de mecánica (todos las palabras en negrita están tomadas de él: http://www.mascoalba.com/public/fotocast417.htm

Diccionario de citas y frase célebres: http://glosarium.com/list/15/index.xhtml

¿Es que no nos acordamos?

Buenos días a todo aquel que esté leyendo esto.

Hoy he decidido que, quizá, merece la pena meditar sobre cómo somos y, sobre todo, cómo éramos las gentes de mi generación cuando teníamos 15 ó 16 años.

Hoy en día es muy habitual escuchar comentarios del tipo de: “Esta juventud de ahora”, “Nosotros no éramos así”, “¿A dónde vamos a parar?”, etc. No creo que los jóvenes actuales sean tan diferentes de nosotros, la verdad. Miremos con un poco más de detalle los defectos que les achacamos:

“No respetan a nadie”

Es cierto, no lo niego, pero… ¿Nuestra generación nunca se mofó del “tonto del pueblo, la clase, el vecindario, etc.”? ¿Jamás nos cachondeamos del abuelo que pretendía contarnos su vida? ¿Nunca tomamos el pelo al que creíamos que era inferior a nosotros por uno u otro motivo? ¡Mentira!

En mi caso, recuerdo haber hecho sufrir a compañeras mías de colegio, simplemente por el hecho de no vestirse, comportarse o compartir mis gustos en música, deportes o amistades. ¿Cuál era la diferencia? Fácil, si me pillaban en algo indebido, “se me caía el pelo”, tanto en casa como en el colegio. Es más, mis padres y mis profesores parecían estar genéticamente de acuerdo: los unos y los otros sabían dónde podían darme y que me doliera.

Por cierto, mis padres no me pusieron jamás una mano encima. ¿Cómo lo consiguieron? Creo que una parte de la explicación es que fueron mis padres, no mis amigos. Me pusieron límites, no murallas. Me dieron explicaciones de su conducta cuando consideraron que eran necesarias; y esas ocasiones eran las menos, por supuesto. ¡Fácil! ¿no? Cuando mi hija cumpla mi edad actual, ya os diré si ha sido tan fácil.

“Nada les importa”

¡Esta es muy buena! No sabía yo que mi generación estuviera plagada de “Teresas de Calcuta”, “Ghandis” o “San Franciscos de Asís”.

En nuestra generación era habitual el asociacionismo social o político, el voluntariado o la solidaridad con el vecino… ¡Ja! Si eso hubiera sido cierto no tendríamos el mundo como lo tenemos… ¡A punto de descalabrarse totalmente!

“Tienen todo lo que quieren”

Esta afirmación se comenta en seguida, claro que tienen todo lo que quieren, pero… ¿quién se lo da? Nosotros, ¿no?

No voy a entrar en las razones, cada uno tenemos las nuestras. Algunos porque en su juventud pasaron estrecheces, otros por todo lo contrario.

Diferencias

Muchos pensaréis que hay diferencias entre nuestra generación y la de nuestros hijos, por supuesto que las hay. Pero, ¿son de fondo o de forma? (¡Caray que seria me estoy poniendo!)

Desde mi punto de vista, la mayoría de las diferencias tienen relación con el entorno… ¡Este sí que ha cambiado!

Ahora tienen un acceso a todo tipo de información con el que nosotros no nos atrevíamos ni a soñar. En nuestro caso, cuando éramos pequeños, “mi papá lo sabía todo”. Cuando crecimos un poco más, eran los profesores los que sabían todo lo que había que saber. Con el tiempo, llegamos a la conclusión de que ninguna de las afirmaciones anteriores era cierta, pero nos había dado tiempo a situarnos un poco en la vida e ir sobreviviendo.

Comparemos el caso de mi madre y el mío. Cuando ella tenía unos veinte años, surgió la televisión; a los treinta y pico, la televisión ya era en color y a los cincuenta compró un vídeo, yo no era capaz de entender cómo era posible que no supiera programarlo. Ahora, con setenta, tiene teléfono móvil (aunque es incapaz de enviar mensajes de texto). A estas alturas de mi vida me doy cuenta del mérito que tiene el hecho de que en cincuenta años haya sido capaz de asimilar tanto avance tecnológico.

Vamos ahora conmigo. Soy de la generación de la tele, eso quiere decir que, en mi caso, me pasaba muchísimas horas sentada ante la televisión viendo todo lo que echaban. Claro que sólo había dos cadenas de televisión así que era fácil para mis padres controlar lo que veía (fuera bueno o malo). En el corto periodo de tiempo en el que mi madre se habituó al vídeo y al móvil, yo descubrí el el ordenador y, cuando por fin, la ventana de internet se abrió ante mis ojos, ya me pilló lo suficientemente mayor como para que fuera responsabilidad mía el uso que hacía del invento.

¿Qué pasa con nuestros hijos? A mi parecer algo muy sencillo, los avances tecnológicos surgen al ritmo de su crecimiento, a la par con nuestro declive. En mi caso, mi relación con Facebook, Tuenti, etc. es equivalente a la que mantenía mi madre con el vídeo, mi hija me supera con creces en el tema.

Todo esto me produce un sentimiento de inseguridad terrible y una intranquilidad y cierta desconfianza hacia lo que ella hace en internet.

¿Cómo lo soluciono? Muy fácil, la escucho, la acompaño en sus viajes por la red siempre que puedo y… ¡pongo una vela a la Pilarica en cuanto tengo ocasión!

¡Maldita sea! ¡Ya es lunes!

Levantad la mano los que no penséis así todos los lunes por la mañana. Las grandes preguntas de la Humanidad están claras: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? Pero ¿qué pasa con las grandes exclamaciones? No sé si son tan importantes, pero de lo sí que estoy segura es de que son igualmente universales.

Permitidme que me presente. Soy Ana, tengo más años de los que quisiera y me dedico… ¿a qué me dedico? Sí, bien, según mi titulación y mi contrato me dedico a dar clases de inglés y lengua… Según el libro de familia, soy madre de una adolescente de secundaria. Según el vecino del décimo, soy la “…” que madruga y empieza a arrastrar la silla del despacho sin ninguna consideración. Según mi marido, soy la sota de bastos que se cruza con él en casa y que, irremediablemente, olvidó sacar la basura el día anterior. Según Hacienda, soy una contribuyente. Según mi madre, soy su niña. Según mi niña, soy su madre. Perdonadme estas disquisiciones, pero los lunes por la mañana… ¡Ya se sabe!

Vamos a lo que creo que os interesa más. Soy profesora. Esa profesión que quisimos tener todos en algún momento de nuestras vidas. De niños, porque el profesor tenía una mesa más grande y el solucionario; cuando crecimos un poco porque son famosos los periodos vacacionales de los profesores; como familiares de los alumnos porque tenemos el inmenso poder de abrir o cerrar las puertas de un futuro mejor a sus hijos… Entonces por qué quejarse, somos la envidia de la sociedad… ¿o no?

En resumidas cuentas sobre nuestras espaldas reposa una gran responsabilidad, intentar cambiar un poco la realidad que nos rodea a través de nuestra forma de actuar en el colegio; y el poder de dar un pequeño empujón a unos alumnos que, en muchos casos, no quieren seguir estudiando. ¿No merece la pena intentarlo?